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El que no oye consejo, no llega a viejo

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Que bonita es la vida en familia. O al menos así parece que debería ser. No hay cosa en la vida que más me llegue al alma que los problemas en la familia. Realmente no sé lo que es una familia perfecta, pero lo intuyo. Es por ello que percibo que la mía no lo es, ¿pero quién puede decir que la suya lo es? En fin, tampoco es hora de renegar ya que todo en la vida tiene un propósito, y si mi familia no fuese como es, yo no sería como soy. Y me siento feliz y orgulloso de lo que Dios me ha enseñado a través de ella.

Los temas de familia son duros, a todas las edades, pero personalmente veo más complicado el tratar con personas mayores. Se siente uno sumamente impotente cuando trata con una persona incapaz de razonar. Sé positivamente que no es su culpa, y que realmente es mi responsabilidad tomar el mando de la situación y actuar por el bien de dicha persona, pero muchas veces es realmente desesperante. Es verdad que por una parte las personas mayores son como niños, pero son niños especiales. A un niño le puedes obligar a hacer las cosas, le puedes llamar la atención, le puedes castigar, le puedes enseñar, y lo más importante de todo, un niño aprende. Una persona mayor no admite nada de eso, y lo que es peor, no aprende nunca jamás. Por mucho que se tropiece en la misma piedra, por mucho que con todo tu amor y tu paciencia le repitas por enésima vez lo que ves evidente que es mejor para ella, nunca jamás va a prestar la más mínima, y nunca nunca nunca va a aprender de su experiencia para tomar una decisión diferente la próxima vez. Y no hablo tanto de personas con problemas graves como Alzheimer o esquizofrenia, hablo de personas mayores relativamente normales.
Es ciertamente duro el tener que “despojar” a una persona de su independencia y tener que asumir el control sobre su vida cuando ella ya no es capaz de tomar las decisiones correctas por sí misma. Uno se siente un gran traidor cuando esto sucede con un ser querido. ¿Qué potestad tengo yo para decirle a un padre, a una madre o a una abuela lo que tienen que hacer con su vida? Más aún teniendo en cuenta que considero sabias a las personas mayores por su experiencia vital. ¿Quién soy yo para situarme por encima de un familiar que me saca kilómetros de distancia en experiencias de la vida? ¿Quién soy yo para situarme por encima de un padre o una madre? Más aún teniendo en cuenta que dice Dios que he de honrar a mi padre y a mi madre, y entiendo que por descontado a mis abuelos y abuelas de todo tiempo anterior.
Hecho en falta, en mi familia y en esta sociedad en general, el cariño. Tengo la suerte de poder relacionarme con personas de otras culturas más cálidas en el aspecto emocional, como los latinoamericanos, y veo que en sus familias el cariño es algo que fluye de manera natural. No digo con esto que esas familias no tengan sus propios problemas, como el propio aprovechamiento de ese cariño para fines egoístas, pero en general el cariño fluye. Veo que aquí, entre nosotros expresamos el cariño con cuentagotas, sobre todo si no se trata de una fecha señalada. En mi caso, yo soy uno de los mayores culpables ya que es cierto que soy algo frío con mi propia familia. Pero es que no es un caso aislado.
Uno de los mayores casos de frialdad me parece lo que se hace con las personas mayores en muchas familias. El quitárselas de encima mediante una “chica que la cuide” o una residencia. Entiendo que muchas veces se hace duro el cuidar de una persona mayor, pero también creo que tenemos un deber de gratitud con nuestros mayores, en cualquier caso. Y más aún cuando esos mayores nos han dado la vida, y han dado lo mejor de su vida por nosotros.
Una de las cosas que resulta más difícil de aguantar de una persona mayor es su actitud caprichosa. Cuando uno vive en su día a día con alguien que tiene mil ideas cada cual más alocada que la anterior y no hay forma humana de hacerle ver que se equivoca, y no solo eso, sino que tienes que aguantar las consecuencias de sus actos, entonces es cuando uno siente realmente lo que es estar a merced de la marea. Lo peor es que aunque con todo tu amor trates de ayudarla, siempre va a pensar que lo que haces es porque estas deseando fastidiarla. No hay cosa que me haga sentir más impotente que poner todo mi amor para ayudar a alguien, y que no sólo no se deje ni me escuche, sino que que piense que le quiero hacer daño, y que encima disfruto con ello.
Qué pena me da también percibir el vacío espiritual en la gente que quiero. Me da pena en cualquiera, pero especialmente en los míos. Ojalá tuviera la oportunidad de poder mostar a esa persona mayor lo que Dios puede hacer en su vida, si sólo trata de buscarle. Dios no viene a por nosotros si no le buscamos. El es un caballero, el no entra donde no le llaman. Es por eso que es necesario un primer paso por nuestra parte. Todos sentimos que hay algo, un Dios, una fuerza, algo. Todos nos sentimos vacíos lejos de Él, todos. Son innumerables los testimonios de personas de todo tipo que han conseguido todo lo que podían desear en la vida a nivel material y que se sienten vacíos. Un caso así es el de Juan Luis Guerra, al cual da gusto escuchar tanto cuando canta como cuando habla.
Yo mismo sentía ese vacío. No es que haya hecho grandes cosas en la vida, pero si que percibía que por mucho que hacía o conseguía dentro de mis humildes posibilidades, nada me llenaba de manera estable. Es como cuando uno se compra el nuevo capricho, que siente una gran ilusión en el momento, ilusión que termina evaporándose pasados los días. Me da una gran tristeza la gente adicta a esa ilusión fugaz. Siento por ellos tristeza y compasión. No me molesta tanto que malgasten su dinero en caprichos, sino que estén tan vacíos en la vida como para tener que recurrir a eso.
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Ese vacío que sentía fue el motivo que me llevó a buscar de Dios, pero también el motivo que me llevó por ejemplo a volver a estudiar. Puede que a primera vista no tenga mucho que ver el estudio con la espiritualidad pero para mí si lo tiene. Antes de estudiar tenía un trabajo en el que ganaba mucho más de lo que podía gastar, y vivía con todos los gastos pagados. Es decir, podía hacer lo que quisiera cuando quisiera, dentro de unos límites humildes. Gracias a poder experimentar ese gran vacío que me produjo el tener dinero para poder gastarlo en las cosas más tontas que pudiera imaginar, fue que aprendí que lo importante no es lo que tienes, sino lo que eres.
 
Fue una gran bendición para mi poder dejar de trabajar y pasar a tener el dinero justo para vivir mientras estudiaba. Nunca me he sentido mejor que cuando tomé esa decisión. Dejar atrás el mundo material y tomar el rumbo de la vía intelectual, que más tarde sería la vía espiritual. Dios estaba guiando cada paso que daba, y ahora veo que aquella experiencia fue necesaria para aprender una gran lección. Es cierto que durante los años de estudio de mi carrera nunca llegué a tener una relación estecha con Dios, tal y como voy empezando a tener ahora. Pero Dios sabía que aquel aún no era mi momento. Él sabía que yo necesitaba primero tener un recorrido donde fuera forjando mi carácter para llegar a ser como soy ahora. Para poder comenzar a andar en sus caminos, poder comenzar a ser como a Él le agrada. A ser como Él me ha diseñado. Comenzar a andar el camino para realizar el propósito que Él tiene para mi vida.
Realmente creo que no haya nada que le pueda llenar más a uno que tener un propósito en la vida. De eso me ha enseñado mucho un libro que me prestó mi novia, y que es lo mejor que he leído en nunca, después de la Palabra de Dios. Es el libro titulado Una Vida con Propósito: ¿Para qué estoy aquí en la Tierra?, del que hablaré otro día. Está pensado para ser un viaje durante 40 días. Mi novia y yo vamos a volver a releerlo, esta vez juntos para poder compartir lo que pensamos de cada tema que plantea. Creo que puede ser un gran viaje juntos. Lo recomiendo a todo aquel que sienta que su vida carece de un propósito claro, que realmente son todos los que aún no han entregado su vida a Cristo en su totalidad, yo incluido. ¡Pero trabajo para que ese día llegue!
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Autor: Adrian Sancho Chastain

Ingeniero en ciernes enamorado de la naturaleza y deseoso de aprender y mejorar, teniendo los ojos puestos siempre en quien me ha dado todo lo que tengo, Dios. Aquí puedes ver mi perfil de manera más detallada: http://es.linkedin.com/in/adriansancho/

2 pensamientos en “El que no oye consejo, no llega a viejo

  1. Ninguna familia es perfecta, en las familias hay altos y bajos.
    No te preocupes, que cada cosa tiene su tiempo. Eclesiastés 3;1 lo dice.
    Lo bueno de todo que el SEÑOR te bendecirá. tendrás tu propia familia.
    Y tendrás el privilegio de enseñarles el camino de la verdad.
    Y les enseñaras El verdadero amor, y errores del pasado
    Les servirá para que ellos no lo hagan y sean unas personas de
    Bien.

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